viernes, 5 de septiembre de 2008

Azules

A Juanan, después de once intensos años, ahora que todo parece repetido y que necesariamente buscamos volverlo nuevo y sorprendente, me atrevo a investigar en tu mirada, valiente, decidida, para descubrir un amor más sereno, espero que también más firme y consolidado. Hemos alcanzado tus sueños, me dispongo a luchar por los míos, aún peleamos juntos y nos seguimos riendo de las mismas cosas. Adoro las tardes de cine contigo y me he portado como una heroina porque sé que no leerás esto y aún así, lo escribo para seguir confirmando que te quiero. No me gusta ser tan literal y abrir las estancias privadas de mi alma, no obstante, tampoco hay nada que ocultar, ni tengo miedo de que lo que protejo se escape o pierda su lustre si le da la luz del sol. Aquí quedan mis sentimientos, sencillos y macerados en lágrimas y risas, para tí.

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En el siglo pasado, mi ceño fruncido siempre presagiaba tormenta. Mi corazón era una armadura gris de mármol envejecido. No sabía quién dictaba mis frases y estaba harta de parecer un guiñol sin tenderete. No pasaba un fin de semana en que Sofía no quemase las suelas bailando jueves, viernes, sábados y domingos; agotando las noches, despertando al sol con mis ojeras redimidas. Nunca me había sentido más sola. Había dejado de soñar, había dejado de sentir. “¡Tienes que ser más fuerte!” y lo que conseguí fue una carcasa aislante: lo de fuera no penetraba y yo no podía salir.


Una noche de esas en que mis zapatos lloraban, presagiando tal tortura que nunca recuperarían la prestancia con que saltaron de su caja, me crucé, en un bar de un pueblo lejano, con una sonrisa que se me enganchó en el pelo como se enmarañan las zarzas en las ramas de los árboles. Mis ojos se clavaron en ella, todo mi cuerpo hubo de girar para no retorcerse definitiva y mortalmente. Ese premio conquistó el suyo y le devolví sonrisa por sonrisa. Tal vez, él estuviera acostumbrado a regalar sus emociones pero ya conté que yo me veía anegada en arenas ‘inmovedizas’, por lo que tal ejercicio muscular, resquebrajó la máscara que me encubría.


Si pensáis que todo acabó ahí, estáis de enhorabuena (si os intriga lo que sucedería después), porque la equivocación os invade. Tengo dos ojos clavados en su boca generosa pero no suelo quedarme en un gesto sin más, siempre trato de buscar el alma, tan rápido como me sea posible y, esta vez, no iba a ser distinto: me colé a través de aquellos destellos azules sin comprender que, a la par, lograba lo mismo él en mis ya derrotadas defensas. Contado así parecen horas lo que se origina en décimas de segundo. A nuestro alrededor explotó el bullicio, la atención prestada y las risas de otros más conscientes de lo que nos había sucedido. El contacto físico de nuestros amigos, rompió el magnetismo y no nos quedó más remedio que seguir nuestro camino, aunque, bien retengo cómo algo abstracto e intenso recorría mi cuello, mi espalda y se detenía en mi trasero para desaparecer dejándome un calor sofocante pegado a las mejillas.

Llamaradas crepitando, sirenas estridentes y luminosas chispas, bailotearon descaradas desde los dedos de los pies hasta la punta de la nariz, obligándome a apoyar mi cuerpo contra una pared para no tropezar. ¡Qué agobio! ¿Por qué me empeñaba en creer que seguían todos pendientes del choque de trenes? Y, encima, tenía que fingir naturalidad, esforzando cada conexión neuronal para concentrar lo que quedaba de mi atropellado intelecto que pudiera, coherentemente, esbozar unos saludos corteses, interesados y cordiales a los presentes, que me ofrecían abrazos, besos y atenciones, como cada incipiente otoño en las fiestas de aquel lejano pueblo.

Supongo que tras las primeras cervezas y conversaciones tuve que salir del bar; supongo, porque no lo tengo archivado en los cajones de mi memoria. Cena, sobremesa, trayecto hasta el municipio vecino, paseo por las cuestas empedradas, continuando los saludos y paradas ante viejos conocidos; las risas, los petardos estallando por cualquier rincón y en cualquier momento, la banda a lo lejos ensayando compases de feria. Supongo que todo aquello estaba sucediendo como cada septiembre pero no puedo reconstruirlo. Me había dado un color apasionado en los labios que me quemaba por dentro. Me había delineado el contorno de los párpados para definir como un halcón la visión de mi presa. Sí, necesitaba volver a ver esos azules brillantes para sentir quién había derrumbado la piedra de mi muralla. Mi piel respiraba por vez primera en años y la brisa nocturna se transformaba en material de cohetes prendidos, al roce de mis mejillas ardientes.

Fugaces visiones encabritaban mis latidos, creía que me desmayaría si el suspense continuaba un minuto más. Las palabras se fusionaron con los pasodobles, las bromas con los ecos de los altavoces, los movimientos con mi búsqueda. No lo encontraba. La bebida fue amansándome, refrescando lo agostado, reverdeciendo energías y ánimos muertos. Me dejé llevar y disfruté ese instante en que te reconcilias contigo misma y decides darte otra oportunidad. Cervezas, cubatas, grupos de peñas de colores y apodos fácilmente identificables; recorridos por los bares, mulatas brasileñas contoneándose para deleite de lugareños embobados; ahora sí reconozco la vida. Y por fin, dejamos la noche abierta para que la discoteca y sus humos y sus sonidos electrónicos nos tragasen de una vez, sin remisión, decididos a quemar cualquier vestigio de angustia o pereza.

Ese duende de mares profundos se cruzó por mi lado, en mitad de la pista, y bailo para mí como nunca más lo haría. Entre risas imitó a los grandes del momento y no lo hizo nada mal, todas mis amigas se lo disputaban. A mí me daba igual porque enredando miradas fluyó una corriente aisladora, sin interferencias. Cada canción estrechaba más el cerco de nuestros territorios, el voltaje se disparaba con cada roce de nuestras manos. Imantados, nos fuimos amando...

“… Por un beso de la Flaca

Yo daría lo que fuera

Por un beso de ella

Aunque sólo uno fuera…”


Se pegó a mí peligrosamente, cruzó la burbuja de seguridad que aún me protegía rozando mis labios insatisfechos con un soplo de su delirio. Ya no giraba el mundo, la oscuridad nos envolvía y el silencio, al que sólo sensuales compases y nuestras respiraciones agitadas ponían banda sonora, selló a fuego lento aquella pasión. Cruel jugaba dejándome adivinarle y a la vez escabulléndose. Reconozco que me dejé llevar, levitaba, era un vapor embriagador, jirones y volutas de humo danzando en torno a la queimada.

Gotas de sudor resbalaban por mi espalda.

Cogió mi mano y entrelazó sus dedos a los míos, así me llevó fuera. Escondidos tras los soportales centenarios, ni la hiedra ni la piedra se hubieran abrazado tanto. Ese beso prometido entre bailes y miradas desgarró composturas y nos devoramos. Nunca tuve más presente un sentimiento, nunca nada me fue revelado con tanta claridad hasta aquel instante: había conocido el amor de los sueños de quinceañera, al príncipe que me rescataría de rutinas reales. Estaba allí, sorprendido de tanta emoción, aturdido y nervioso, igual que yo.

Ya no éramos unos niños para descubrirnos embelesados y esto produjo temor, confusión. Lo que se emancipaba como una gran fiesta de los sexos se estaba transformando en EL FLECHAZO, sí, de nuevo he de asegurarlo, tanto frenesí, tanto arrebato revelaba un sentimiento más profundo, desconocido, inesperado.

Se sucedieron las noches, se amontonaron los días, fugaces, urgentes y las separaciones rebosaron heridas, inolvidables esta vez, grabadas con el surco que las aguas dejan en las rocas. Lágrimas y soledad, recuperadas compañeras. Aunque cuando una conoce al Hombre de su Vida sabe que no lo dejará marchar y recorre cielo y tierra y destapa cortezas terrestres y arrebata a la hidra sus poderes y le cuenta cuentos al dragón de los sueños. De todo es capaz la mujer que ama como nunca lo hizo, por recuperar a su amoramantemigoamado.

Y la maldición que nos manchó por adorarnos tanto, se deshizo a fuerza de latidos acompasados, pudimos encontrarnos y besarnos y recorrernos y saciar nuestras hambres y aprendernos y caminar desnudos por nuestros rescoldos y recuperar los tiempos perdidos.

¡Cuántas veces le miro a los azules arroyos del alma y me devuelve aquella sonrisa! ¡Sus labios son de niño ahora! Seductor que no crece, mi piterpan de caramelo. Somos amigos, le cuento, me cuenta, realizamos futuros, soñamos despiertos. Alto, guapo, mi guerrero celta de espada sin filo, estatua fogosa, desnudo inocente.

Inventa idiomas nuevos para mí, cerebro ágil, dispuesto a provocar mi risa, a entonar una canción. Siempre una pregunta en sus labios ¿TÚ ME QUIERES? que espera siempre la respuesta correcta: MÁS QUE NI SÉ.

Es maravillosamente sencillo y tierno, tiene ese lado femenino que tanto asusta a los ibéricos de la península: mi chiquillo grande y dulce. Le descubro irresistible, aunque aparente una fragilidad engañosa que confunde y anima a protegerlo. Inteligente y simpático, hacedor de voces de dibujos animados y gran cantante, por difícil que sea escucharle una estrofita en serio. Tímido e inseguro por fuera, poderoso por dentro. Genuino, amigo de sus amigos, fiel a sus recuerdos, leal y consistente: amor, familia, amigos, cerveza, música y otro día más que le acerque a sus SUEÑOS LOGRADOS. Mi marido, mi colega, mi compañero de risas, de pantomimas, refranes, palabrejas inventadas, de cursiladas privadas, guerrero elfo. Tardé 27 años en encontrarle y no puedo dejar escapar ese destello de mares azules porque sería una idiota y luego me moriría...

Quiero alcanzar arco iris con él de la mano; quiero cabalgar carreteras sinuosas aferrada a su espalda; quiero plantar corazones de luces en la tierra que ama; quiero danzar sones indígenas reclamando sus ilusiones más escondidas. Quiero envejecer a su lado, dejarme cuidar y cuidarle, buscar en sus arrugas los recuerdos más antiguos, tocar su rostro y seguir viendo con el corazón lo que vi aquella noche de fuegos artificiales y charanga de pueblo: unos azules tan limpios como el suspiro de un arroyo que deshiela sus aguas en la cresta de la montaña nevada. Quiero dormir a su lado, pegada como cada noche, respirar su ternura, emocionada, como ahora lo estoy, pensando en él. Mi regalo diario, mi sorpresa encantada, mi cuento fantástico, mi realidad imposible, mi amor, mi Vida.

No alcanzo a devolver todo lo que me ofreces, y me parece que un

TE QUIERO MÁS QUE NI SÉ,

se queda chiquitito y te mereces más. Sin fisuras, sin escapes ni dudas, me robaste entera. Ya no soy mía, no me siento posesión, no me siento secuestrada, sino entregada, ofrecida, amante, AMIGA.

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3 comentarios:

Anónimo dijo...

No creí que me pudiera trasladar a hace once años. no lo creí ni por donde estoy leyendo ni por mi incapacidad para sentir.
He vuelto, he sentido aquello, he recordado "cosas" que no cuentas y que no te voy a contar (íntimas). He recordado más días después de lo que cuentas y sólo he podido hacer un resumen de estos 4.018 días: Te quiero y quiero recordarlo siempre. Por los daños, perdona, por lo bueno, vamos a hincharlo aún más. Sólo espero que la vida sea los suficientemente generosa para que esta sensación que tengo hoy pueda regresar a mí (si es que se va) durante muchos años más. Repito: TE QUIERO.
AZULES...

Salam dijo...

¡4.018! Mira que te gustan los números... :)

Me gustaría inventar días nuevos para no tener que recurrir a los antiguos, aunque el viaje, para mí, siempre merece la pena.

TQHLMYMA

Tere Marin dijo...

¡Que manera de expresar sentimientos, por favorrrrr!!!
Lo llevo a mi blog ,del que te dejo la dirección.
Gracias por compartir.
Abrazo afectuoso
Tere Marin