jueves, 27 de agosto de 2009

Ese futuro tan cierto (Relato pródigo número 1)

AUNQUE LO ESCRIBÍ HACE YA VARIOS AÑOS, LO RECUPERO HOY PARA IGNACIO ESCOLAR QUE HA PERDIDO A "GAVIRIA".

Un fuerte abrazo.

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Saber que tu hij@ no va a sobrevivirte es tan duro que no te deja opciones de consuelo, de reflexión. Debes olvidar inmediatamente tan nimio detalle y tratar de manejar esa relación como si el destino no estuviera escrito con tinta tan negra.

Como tal circunstancia es inevitable, un poso de urgencia, intensidad, desafío y locura se vierte en cada acto, en cada gesto, y el color de las horas que nos quedan se solidifica, convirtiendo el evento en una pasión sin freno no por ello desatinada. Un enfado no puede durar porque ya el reloj golpea la conciencia, y aunque tu amado hijo no se entere de tamaña desdicha, sí que parece que se asocia a tu arrebato poniendo a prueba sentido común, paciencia y energías.

Hay momentos en que el día se detiene frenando en seco. Tu mal humor rebosó las cotas autopactadas, una nimiedad se torna insoportable y la fuga de adrenalina baja los niveles de ira, vertiéndola sobre la criatura que parece ser que hoy cometió la torpeza desmedida. Sueltas tus sapos y culebras, el tono se eleva y endurece, los ojos clavan miradas que provocan dolor y el cuerpecillo culpable de no se sabe qué se encoje ante la hidra. El espejo de su retina asombrada te devuelve una imagen prepotente que no reconoces y la conciencia te golpea con otra imagen inapelable: el hijo que tanto amas, ese que hoy te desesperaba y rompía tus nervios, ha cumplido su jornada vital y lo tienes que ver desaparecer, desintegrarse, morir. Lágrimas inundan tus ojos, esa garganta antes hueca ahora se encoje y estruja el poco aliento que aspiras. Sabes que muchas madres antes han sufrido tal pérdida y que, grotescamente, ninguna de ellas se lamentará de tu desdicha. Suspiras resignada porque sabes tú también, a solas, que tu amor es tan grande como el de ellas y su incomprensión lo hace más digno, más libre. El gaznate se libera de la presión, el corazón bombea cadencias firmes y las lágrimas secan su humedad porque no es cierto que la vida te haya golpeado tan traidoramente. Aún no. Sólo es una advertencia:

¡Disfruta que no hay nada peor e inútil, que perder un presente escaso, que ya no
tienes!

El cogotazo sufrido devuelve la cordura a tus gestos y la ternura a tus palabras. Le abrazas, besas y adoras, le explicas que el volcán no quemará, que el huracán será de amor, oleadas de alivio y paciencia. El juego sustituye al silencio y la urgencia que embellece vuestras vidas recupera ese crujido de papel de regalo que a todos excita pero a nadie molesta. En esta isla de afecto y prisas estáis tan solos que ni en una habitación rebosando personas repararían en esos pocos instantes de excelsa comunicación que tu hijo y tu os habéis profesado. La intimidad la tenéis asegurada, la sonrisa condescendiente y avergonzada también.

(Ni te fijas).

¿Cómo están tan seguras esas entregadas madres de que yo no siento lo mismo que ellas? ¿Porque yo no engendré a esta criatura no es más hijo mío que los suyos? Si lo crié apenas llegado a este mundo, le velé cuando enfermaba y cuando no también, dormí con él y le besé la tripilla, le curé sus ojos, le limé uñas y peiné, sin olvidar orejas o dientes y, desde luego, no escatimé un momento en perseguir sus pasos día tras día, vigilando que no cayera, que nada le cortase o tocase venenos y porquerías. Elegí sus parques, sus juguetes y alimentos, protegí su cuerpo de calor o frío y aprendí qué querían decir suspiros, gemidos y gestos. Sus ojos son mi diccionario y nada hay en sus ademanes que no me indique cómo se siente. Medicinas, educación y afecto forman parte de la maleta de nuestra relación de tal manera que si le arrancaran un pelo me arrancaban siete mechones a mí. Cuando sufre me desgarra, cuando se aburre bostezo, cuando se ríe, me eleva y si me besa, me rinde. Siento puñales si me separo de él, no disfruto ni pasa el tiempo cuando cierro la puerta y se queda al otro lado mirando al través, clavándome su pregunta incuestionable: ¿me abandonas?

Mientras se hace mayor, aprendemos a conocernos. Nuestras aficiones se tornan comunes y procuramos que ninguno dependa ni tampoco se desentienda. Es muy difícil porque no sabe dar un paso sin mí y mis pies se tambalean si no oigo sus pisadas cerca. Su latir es mi tambor, así que el ritmo de la casa se acompasa armónicamente al son que toca el hijo que tiene las horas contadas, los años escasos, el futuro escrito. ¡Otra vez caí en la trampa! Es un acto reflejo ver la guadaña levantarse y agachar la cabeza o pegar un salto para esquivar el sesgo de su filo. Aún así, o tal vez gracias a la certeza cruel, nos las apañamos para disfrutar cada instante, para aprender de los errores y disculpar(ME)nos al segundo posterior a la pifia que comeTImos. Nos amamos sin fisuras, desde hace casi siete años. Ininterrumpidamente, desde el instante en que le cogí en mis brazos y nos miramos a los ojos.

Le defendí de rechazos, de ataques, de envidias y rencores, de ignorantes e imprudentes; mi lucha consistirá siempre en buscar un sitio digno y seguro en la sociedad y en su entorno más cercano para los días que han de venir. Le alejo también de falsos cariños, de juegos violentos, de manos irresponsables y deseos perversos. Sólo en mi cuidado confío y, aunque me consta que no soy infalible, me siento mejor si mi equivocación parte de mi torpeza y no de mi imprudencia o de mi temeridad al otorgar responsabilidades a individuos que no entienden lo que les entrego cuando pongo en sus manos a mi hijo, a lo que da sentido a mi vida. Me cuesta horrores delegar tan preciado tesoro y no respiro hasta que, al regreso, comprendo que la suerte nos acompañó y podemos seguir caminando juntos, indisolubles. Así lo debe entender mi criatura pequeña y alegre porque festeja cada encuentro como la primera bienvenida y la última despedida. Sus saludos emocionan aunque se sucedan en breves intervalos de tiempo en la misma mañana. Salir a comprar el pan conlleva una suplicante petición e idéntico festejo intenso y sincero al comprobar que una vez más no me marché para siempre. Cinco minutos se cuentan como una eterna condena o una milagrosa estancia en la Gloria. ¡El tiempo, el tiempo! ¿Es mucho más consciente que yo de que el dichoso tiempo golpetea nuestras horas inclemente? Dije que no llena de dudas.

No creo que a nadie le moleste que le digan lo grande que se está haciendo su hijo. A mi me preguntan la edad del mío y traduzco un literal recuerdo de su condena a muerte. No hay indulto, el corredor acorta sus pasos aunque te pegues al suelo inmovilizándote hasta la asfixia. Un año más, un año menos. Así de claro. Sólo cumplí 38, me siento tan fuerte y joven que creo poder derribar a la puta Muerte de un derechazo si se me pone a tiro. Pero se que no. Y le ruego que me perdone el irreverente atrevimiento.

¡Parca, fueron los celos, fueron la angustia y la ceguera las que me impulsaron a mentarte siquiera! ¡No me escuches, no me sientas, no repares en mi, pasa de largo que hay tanto que arrasar, tanta guerra en la que señorear, que no merece la pena fijarse en mi hijo, lleva muy poco tiempo conmigo, lo justo para incarse en mis entrañas y solidificar junto a mis huesos! ¡Fruslerías para tí! ¡Un año más, un mes más, un dia más! ¡POR FAVOR!

¿Qué haré cuando se haya ido? ¿Qué haré cuando le sienta desfallecer? Cuando sus bríos se agoten, sus ganas se tornen sueños y sus sueños despedidas ¿Qué va a ser de mi? ¿Cómo afrontar sus buenos días, su calor en mi regazo, su soñar inquieto, y comprender que no son más
que los recuerdos pegados a la cama, a mi delantal o a mi alma que no acepta su marcha? “Es ley de vida”; “la naturaleza manda” y tonterías así destrozarán mis tímpanos y corazón, mientras mil gritos desaforados tratarán de agrietar garganta, pecho y espalda para saltar hacia el infinito y buscar a mi hijo por donde coño quiera que la Puta Muerte y su Natural Ley de la Vida se lo hayan llevado.

Cuando llegue ese maldito momento espero estar preparada. Quiero ver como su cuerpo atlético y vivaz se acostumbra a la achacosa marcha de la Natural Ley Vital y cómo mientras sus latidos se apagan, la madre que no le ha parido le colma de amores atentos, pacientes, alegres y despreocupados. ¿Quién necesita una Piedad lacrimógena y cerúlea encharcando tu devenir y tu
rostro con lágrimas y mucosidades? PROMETO portarme bien y perder el tiempo sesteando, caminando entre pinos y encinas, buscar afanosa agujeros de ratón y avisperos siseantes. PROMETO levantarme temprano y acostarme la última para que los días se equivoquen en las cuentas y nos regalen horas que otros desaprovechan. PROMETO dejar este tecleo insano y darte todo eso que las otras madres dan a sus hijos orgullosas de ser las únicas en entregar cuerpo, corazón y vida sin saber cuándo, cómo y por qué un día ellas se irán dejando detrás un ser que las recordará y tal vez las guarde hasta el fin de sus días en su memoria, así como ellas los llevaron en sus entrañas. Yo no te engendré pero te lato, te trago y te respiro y pasarás conmigo los años que me queden por arrastrados o prósperos que sean, tan dentro de mí que nadie reparará en que fui tu madre y que tuve que ver, MALDITA PUTA MUERTE NATURAL, como te llevó antes que a mí. Y para colmo, agradecerle a la sabia Guadaña Huesuda que así fuera, porque si soy yo quien la palma antes... a nadie le importará tu llanto y tu soledad. Y me pudriré en un infierno de congojas incapaz de protegerte de todo mal, hasta el fin de tus naturales días.

Eso sí, ¿MADRE YO, DE QUÉ?

Te quiero con todo el amor que se generar para ti, aprenderé a verte morir deprisa, sabré abrazarte y entretenerte, te ofreceré calor y cuidados y cuando esa bicha te quiera a su lado le contaré que necesitas que te arropen en invierno, que no soportas la lluvia y que nada te hace más feliz que una siesta bien abrazados. Casi OCHO años juntas, ni un sólo día se rompe para separarnos, ojalá sean otros siete, ¡diez más! los que esta madre de incógnito pueda seguir a tu lado, aprendiendo, adorándote, disfrazada de dueña de perro.


Sofía Álamo Mínguez
A Rita. Y, ahora, también a Ché, sin duda.

5 comentarios:

El Escocés dijo...

Pues óyeme exclamar ufano: ¡Mira Sofía, si nos trae nuevos cuentos! Como todos sean tan delicados como éste... :-D

Un beso para ti y para Rita un agarrao de cara con bamboleo (a mi perra le mosquea mucho...)

Salam dijo...

He intentado responder a tu comentario en dos ocasiones y por motivos extraños (ignorante de las herramientas del programa) no han salido a la luz... mis disculpas.

Gracias por animarme siempre :)
Y Rita te dice que hay muy pocas cosas que le mosqueen que provengan de un ser humano... como no se relacionen con gritar, tratar mal a un niño o levantarle la mano a la mami... :DDD

Franki dijo...

Cuentos reales, cuando pasados los años, miras atrás, cuantos momentos de dolor, compensados con las alegrías que has dado.
Saludos

Salam dijo...

Franki, lo malo es que yo llevo anticipando ese duro momento final demasiado tiempo, me resta disfrutar del presente!!!

Un saludo.

Eme dijo...

Y de pensar que fue con este relato con el que te conocí.......¡como pasa el tiempo!

¡Y que suerte tuve!